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A LA MEMORIA DE

MAX LINDER

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   La trágica muerte de Max Linder no ha hecho "gemir a las prensas” todo lo que tenía derecho a esperar una figura tan ilustre de la proyección animada. Esta nueva tragedia (vieja siempre) del Pierrot enamorado, no produjo esta vez una gran sensación. Y es que ahora se vive muy de prisa con vertiginosidad realmente cinematógráfica. Los méritos, las reputaciones, pasan a nuestros ojos como desfilan las imágenes de un film por el foco de un aparato proyector. Sic transit gloria mundi.

   Max Linder no estaba últimamente muy en juego; hablase quedado un poco al margen. Desde que Hollywood, la ciudad de los mimos, conquistó el mercado mundial de la “pantalla", y empezó a lanzar ases de la risa, Max Linder fué perdiendo terreno. La moda yanqui, que desde la gran guerra viene ejerciendo tanto influjo en tipos, y usos, y costumbres, dio al traste con no pocos valores europeos; Max Linder, uno de ellos. Y, sin que yo entre a discutir la calidad de los demás, séame permitido razonar levemente sobre la sinrazón del caso de Max Linder.

   Max Linder, a mi juicio, ha sido el primer maestro dé la gracia peliculesca; pero, además, creo que ha sido el maestro más grande. Cuando el apareció en la galería de la Casa Pathé, las películas cómicas en boga éran las chabacanas de derribar muebles y destrozar vajillas, y correr por las calles persiguiendo al primer actor. Cosa muy divertida y muy variada, como podía verse.

   Las estrellas del género llamábanse André Deed (Toribio, entre nosotros) y Polydor (Tontolin). Max Linder, con Prince (Salustiano), trajo la dignificación de la película regocijante, elevandola desde el plano plebeyo de los grotescos desatinos al más decoroso del vodevil y la comedia cómica. Y, siendo Prince un excelente actor, aún le encontraba yo a Max Linder la notable ventaja de su desventaja facial. Es decir, que a Prince le ayudan mucho, para hacer reír, la forma de su boca y el respingo de sus narices; mientras que el rostro de Max Linder era un rostro corriente. Su bigote, además, no ofrecía particularidad alguna; su peinado, tampoco; la corrección de su indumento no admitía mejora. Siempre el chaque impecablemente cortado; siempre el pantalón tenso; siempre la flamante chistera; siempre el calzado irreprochable... No parecia sino que se dijo Max Linder al hacerse actor mudo: "Vamos a ver si es posible arrancar carcajadas presentándose al público en forma de persona igual que las demás."

   De que lo consiguió, no hay duda. De lo difícil que es provocar la hilaridad de un público de cine con una figura decorosa y una cara normal y sin recurrir a vestidos caricaturescos, puede darnos idea el que Max Linder no ha tenido rival en ese plano ni deja, sucesor. Observemos, si no, a los ases cómicos de ahora. Charlie Chaplín (Charlot) ¿nos haría reír sin el peculiar bigotito, sin el hongo copudo, sin las botas de excéntrico de circo, con un chaqué menos ilógico y un pantalón más verosímil? Es posible que no. Y el gordo Fatty, sin esa corpulencia que explota en su provecho. ¿sería tan popular como es? ¿Y Snuff Pollard, con su baja estatura y sus grandes bigotes chinescamente caídos? ¿Y el bizco Ben Turpin? ¿Y Tomasin, el de la cara enharinada y el pantalón de pesca? El mismo Harold Lloyd, dentro le su normalidad, no ha podido substraerse al truco de las grandes gafas. Nadie confía en la vis cómica sin afeites, sin postizos, sin alguna deficiencia física o algún detalle estrafalario. Por eso hay que rebajarles el mérito. Por eso hay que aumentar el de Max Linder. La gracia de éste era toda suya y toda natural y sin retorcimientos y no tuvo jamás que compartir sus éxitos con ninguna facción contrahecha, ni con ninguna prenda extravagante. Fué ésta su gran virtud, y ella le da a mi juicio, el lugar preeminente entre los ases de la comicidad películesca.

   Que Charlot ha ganado más dinero que él? ¿Y qué? ¿De cuando acá significa la mayor ganancia un méríto mayor?

   Pobre Max Linder! No te han hecho justicia. ¡Quién sabe si en el misterio de tu muerte – que es la única estela que ha dejado tu vida—se oculta el desaliento producido por la injusticia humana! RAMÓN LOPEZ-MONTENEGRO. (ABC, 13.11.1925)