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¿CÓMO ERA MAX LINDER?

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En la Vida y en la Pantalla

POR J. B.

 

  S i la invención del cinematógrafo se hubiera retrasado de algunos años, Max Linder no habría sacado la cabeza del lago manso del anónimo. Porque Max Linder no podía ser otra cosa que "peliculero". En su juventud fué mal estudiante; en el comercio que le ocupó, no pasaba de ser un mediano dependiente; en la farándula, con una compañía de cómicos de la legua, no demostró grandes aptitudes. Sus gestos y muecas, sus ademanes y actitudes, necesitaban la interpretación de la pantala, tenían que ser pasados por el embudo de luz.

 

ML and two girls

Max Linder con dos niñas que actuaron en uno de sus primeros

"Films". (Foto Iberia)

 

   Parece que Max Linder no se llamaba; ese e era el nombre que él eligió como “alpenstock” para escalar las cimas de la popularidad, por eso, lo que han dicho de su origen alemán, no parece fundado. Linder, en efecto, suena a alemán, pero, seguramente no pensó en ello el peliculero al adoptarlo. Max Linder era un francés muy francés del Midi. Nació o vivió su primera, infancia en Burdeos. Yo le conocí hacia el año 1911, y entonces ya era lo que se llama un parisién. El buen y legitimo parisién cree que el mundo se acaba al otro lado de las fortificaciones. Vivía por aquellos tiempos en un piso bajo de una casa lujosa y cara, a la orilla del Sena, cerca de la Torre Eiffel. Había en el decorado y moblaje del piso algo de improvisación que estorba a la armonía. El dueño debió querer comprarlo todo en una tarde, y no tuvo tiempo para la selección. Fui a visitar a Max Linder por encargo de la revista argentina Caras y Caretas. Max Linder intentaba ocultar su espíritu un poco plebeyo con una solemnidad recien adquirida que le venía algo grande. De cuando en cuando se olvidaba de manejar esta prenda y podia verse a trozos su natural. Entonces era mucho más simpático.

   Max Linder era feliz entonces. Estaba satisfecho de su popularidad, y ganaba dinero.

   —¿Se cambiaría usted por alguien ? —le preguntamos a quemarropa.

   Max Linder, por toda respuesta, abrió mucho los ojos y frunció los labíos, su mueca preferida para expresar el asombro. Y luego añadió al mohín estas palabras:

   —Non, monsieur; je suis Max Linder!

 

   Yo quería "hacer” la journée de Max Linder, y tenía avisado a un fotógrafo para recogerla. Y a las cuatro de la tarde logré que Max Linder se vistiera el pyjama, desayunaste, abriera el correo, hiciera su toilette de mañana, fuera al Bosque, volviera a almorzar, leyera periódicos, escribiera unas cartas, recibiera a su empresario (para empresario sirvió el revisor de la Compañía del Gas que casualmente llegaba a registrar el contador) y, por último, que se vistiera el frac para ir al teatro. Todo esto se hizo en dos horas. Max Linder era vehemente, y su vehemencia era servida por una gran actividad. Antes de despedirnos me recomendó mucho que no olvidase la cifra de 200.000 francos como ganancia suya en aquel año.

   Hasta la guerra tuve ocasión de encontrar a Max Linder con bastante frecuencia. Alguna vez me telefoneaba para decirme los nuevos y fabulosos contratos que había firmado. Si ha habido otro hombre feliz en el mundo, ese fué Max Linder. Superficial, orgulloso de su obra, con su gran vanidad satisfecha, no hablaba más que de sus triunfos y de su arte. Todavía no había aparecido en la pantalla Charlot ni Salustiano. Las carcajadas que estallaban en las tinieblas de los cines eran todas suyas; él acaparaba la risa.

 

M. Max Linder

La artista española Angelina Vilar, el popular Max Linder y

Mr. Vaudeme en el "Skech's" a la Americana. (Fotos Garrigosa)

 

   Alguna vez presenciamos la impresión de un film de Max Linder. Napoleón no podía dar órdenes con más autoridad a sus generales que Max Linder a los operadores, tramoyistas y demás personal. Y cuando algo no se hacia a su gusto, se desataba en improperios contra todos. Menos mal que la cinta no recogía sus palabrotas.

   Yo me marché de París, y desde entonces quedaron interrumpidas mis relaciones con Max Linder. Parece que se casó enamorado con la que fué su esposa, una señorita burguesa y rica, cuya familia se opuso a su matrimonio. Max Linder la raptó, pero esta película no se filmó. Más joven que su marido, madame Max Linder parece que no tomó la vida conyugal muy en serio. Y, entonces, el hombre feliz empezó a ser desgraciado. Cuando la joven esposa bailaba en los restaurantes de Montmartre, Max Linder, desde su mesa, la seguía con ojos llenos de celos por entre los barrotes de las botellas de champán. Y estos celos son los que le han matado y hecho que mate a su mujer. Porque ella no estuvo de acuerdo en el suicidio; adormecida, bajo los efectos de una dosis de acónito que le había administrado su marido, éste le seccionó las venas. Y luego, él.

   Nadie hubiera podido prever este drama con Max Linder por protagonista. Y es que, cuando en el film de la vida se le da un papel a una mujer, no se puede asegurar que quede en una película de risa... J. B. [=Javier Bueno] (Blanco y negro, 22.11.1925)