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El Hombre que sabe comer Macarrones

Por GUILLERMO J. REILLY

 

 

   DESDE que mi sensibilidad se hizo lo suficientemente sedante para permitirme apreciar y amar las cosas artísticas, he sentido un todopoderoso deseo de conocer a un hombre que supiera comer macarrones. No quiero decir precisamente comer macarrones en el raso sentido gastronómico de esa especie que borda con crochet macarrónico un argumento, tragando y gesticulando a lo loco, mientras discute la super-belleza de "II Piccolo Marat" al compás de un tenedor de freír , una cuchara de sopa y el tintineo y burbujeo de una copa y una botella de chianti.

   Mi hombre había de ser un artista en la materia. Uno que usara del plato nacional italiano, como un verdadero escultor usa del barro; que jugara con él, le hiciera trampas; le hablara, ya con dulce ternura, como a una amada que estuvo ausente largo tiempo, ya como a una arpía; que le entusiasmara, le hiciera rabiar, lo electrizara, le encocorara con su fría indiferencia, le hiciera sobresaltarse repentinamente. . . y se lo comiera.

 

M. Max Linder

Linder, en compañía de Reilly, estudia la

página de modas de CINE-MUNDIAL

 

   Y por fin he topado con El Hombre que Sabe Comer Macarrones, y se lo presento a ustedes: Monsieur Max Linder, a quien se han hecho muchas loas por múltiples atributos que le adornan, pero no por su gentilísimo arte de engullir macarrones, de cuyo descubrimiento estoy orondamente orgulloso. Porque, ¿quién, en realidad, ha descubierto a Max Linder? Modestamente me detengo para contestar a esta auto-pregunta. Yo mismo. Estábamos almorzando por episodios, con comentarios, subtítulos y todo, en el "Café des Beaux Arts", y después de pelar a mano y dientes todas las chuletas de un cordero, Mr. Linder entró en el climax del drama con el episodio de los macarrones. ¡Y a fe que contenía rollos aquel episodio! Pero como dejo dicho, las dilatadas, serpenteantes cuerdas trigoríferas eran para Max como para el escultor el barro, o como las teclas obedientes de un piano para Paderewsky. La escultura ha sido llamada no sé por quién" música congelada". El macarrón, en manos de Max Linder, en forma y acción, era un vals lento, un agitado San Vito, un jazz calenturiento o un cambiante tango, ora febril, luego somnoliento.

   Algún día, cuando yo tenga más cacumen que dinero, estableceré una cátedra de comer macarrones en mi Universidad. Y si una cátedra no fuera suficiente, regalaré también un comedor, y un cubierto sin cuchillo. Nada será obstáculo a mis altos propósitos.

   Y en cuanto al antes mencionado San Vito (shimmy), debemos dejar aquí inmortalizado, para honra de Terpsícore, el hecho de que Max Linder conoce más de la temblorosa danza que lo que dejan dicho todos los textos escritos. En su más reciente comedia, "Casémonos", estaba él a punto de enyugarse a la carreta matrimonial con la preferida de su corazón. Cuando se disponía el sacerdote a pronunciar la sentencia de esclavitud eterna, el desdeñado rival entra en escena, y en ella lanza un arisco ratoncito blanco que eligió en seguida los pantalones de Mr. Linder por salvadora covacha y emprendió el ascenso hacia la cintura. Y aquí comenzó el San Vito. Si los maestros de shimmy de las tribus Zulús hubiesen visto a Max Linder batir su temblequeo de los pies a las orejas y de la frente a los tobillos como en esa ocasión lo hizo, indudablemente le habrían electo danseur real de la tribu, con pensión de cien esposas de tres aros en nariz.

   En el "Café des Beaux Arts" me hizo Mr. Linder la historia de otra danza que bailó recientemente en Los Angeles. Fué en un banquete que en su honor diera Charles Chaplin cuando Max se dispuso a venir a Nueva York. Charlie tenía una de esas famosas orquestas de música brava (Jazz band). Había doce invitados al banquete, entre ellos May Collins, Maurice Tourneur y otros autores y estrellas. Cada uno tenía que hacer un "solo de baile" al compás de la música que se le antojara a la orquesta tocar. Charlie bailó al compás de un clásico paso lento con las alteraciones de regla, y cuando tocó el turno a Max, se halló ante la labor de bailar a los sones de una flauteada, movida, enrevesada y extemporánea Canción Primaveral.

   Luego se encargó a cada uno de los actores presentes poner en escena una charada original. Max empezó el programa con una charada que titulaba" El Miedo Invisible", que se suponía acontecer en "El Club de los Suicidas", benemérita institución que se complacía en anunciar que, cualquier echado a perros que deseara suicidarse y careciera de valor para hacerlo, podía acudir al auxilio de sus socios, garantizándosele que no atravesaría de regreso los umbrales del Club de otra manera que no fuera tieso como todo cadáver que se respete. La supuesta escena de "suicidio" en las cámaras secretas del Club fué tan alborotada, hubo de gritar tanto el suicidado, que Max perdió su clara voz y quedó afónico toda la noche. Chaplin correspondió con una escena entre un borracho y su esposa. La esposa era una arpía, pero esa noche su báquico marido sentíase tan samsónico, que tuvo la osadía de decidirse a pasar la noche en el hogar conyugal. Se quitó el gabán, y su esposa fué a guardarlo en el ropero; abrió la puerta, miró al fondo del guardarropas, y cayó de espaldas al suelo, estirada e inconsciente. Asombrado ante aquello y queriendo averiguar qué visión pudo haber causado el desmayo de su mujer, Chaplin se dirigió al ropero para investigar el caso personalmente. El, también, atisbo el fondo del ropero, y, tan tieso como aquélla, cayó sobre su esposa. . . y. . . Telón. Cuando preguntaron a Chaplin cuál era el título de la pantomima, se rascó el cogote unos segundos y repilcó: "Misterio".

   Max celebraba su propia historieta de la fiesta con carcajadas estruendosas. El mímico francés tiene en muy alta estima a Chaplin. Durante su estancia en Los Angeles, Max y Charlie se hicieron muy amigos. Linder lucía en los puños de la camisa de seda unas yuntas de platino que Chaplin le regalara cuando Max se dispuso a venir a Nueva York.

 

M. Max Linder

—Retaré al vencedor de la pelea entre Carp-

entier y Dempsey—dice Max a Reilly.

 

   —Charlie Chaplin es un artista—decía.—Yo creo que es el más grande artista de la pantalla.

   Dije a Mr. Linder que opinaba que el incidente del ratón en su última película era un gran acierto cómico.

   —En la cinta—dijo Max—esa parte en que el ratoncito sube piernas arriba era de este largo (y Linder la medía apartando sus manos medio metro) pero tuvimos que trabajar ocho días para filmarla y hacer al animalucho ejecutar su papel debidamente. Tuvimos que usar dos mil pies de celuloide para fotografiar esa escena. El público no se da cuenta de las vicisitudes que sufre un productor, los extremos a que llega a veces, el dinero y la paciencia que gasta para lograr hacerlos sonreír o llorar. "Casémonos" es una cinta de cinco rollos, con cinco mil pies en total y, para hacerla se gastaron 180,000 pies de película.

   —Y el público, además, no tiene idea de las rudas labores que requiere la confección de una comedia de cinco rollos. Dos rollos son fáciles; cinco rollos son un calvario. Si trato de mantener el tema en acción al través de los cinco rollos, los críticos exclaman: "Oh, sí; eso tiene trama, pero no es cómico ni mucho menos." Si la hago cómica, dicen: "Oh, sí; eso es muy gracioso, pero todo se vuelve caras feas, chistes y piruetas".

   —Mr. Linder — le dije — usted debe tener por cerebro una fábrica de burlas y chirigotas cuando puede, después de haber hecho 360 comedias, producir una con tanta gracia, frescura y novedad como el cómico San Vito del ratón y el boxeo con su mujer en "Casémonos".

   —Eso no vale la pena—replicó Max.—En tiempos pasados, antes de la guerra, nunca escribía un escenario. Tramaba los asuntos durante la noche y al día siguiente los ponía en escena. A veces olvidaba algo, pero eso era raro acontecimiento.

   Max Linder es uno de esos "primeros" personajes. Fué el "primero" que hizo películas cómicas. Fué el "primero" que sugirió al Ministerio de Guerra francés la idea de mantener una biblioteca de guerra "en celuloide". La idea, desechada al principio por Joffre, fué más tarde aceptada y puesta en práctica. Max fué de los "primeros" en ser afectado por los gases asfixiantes en el campo de batalla. Por su gallardía con un cuerpo de automóviles acorazados, fué mencionado para la Cruz de la Legión de Honor, Afectado por los gases, se le recluyó en su casa, y tan pronto recuperó su salud, fué comisionado por el gobierno francés y enviado a Italia para efectuar una campaña de propaganda pro-aliada en aquel país. Y en cierta ocasión, el Presidente del Gabinete italiano, desde su palco en un teatro de Roma, alabó el patriotismo, el valor y el arte de Max Linder ante la concurrencia y le dio gracias en nombre de los Aliados por la eficiencia de sus labores en Italia.

   Desde su última visita a este país, Mr. Linder ha filmado "Siete años de mala suerte" y "Casémonos", comedias que han alcanzado éxitos colosales. Dentro de un mes regresará a Francia, a seguir su programa de producción.

   —Antes de abandonar los Estados Unidos—me dijo—voy a retar al vencedor en el torneo Dempsey-Carpentier.

   Fijaos en las fotografías que adornan esta entrevista y tendréis el honor de conocer a Max Linder, uno de los mejores cómicos del mundo y el campeón engullidor de macarrones. (Cine Mundial, July 1921)