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Una entrevista con Max Linder

 

 

   ¿Quien no conoce a Max Linder? Su fisonomía, sus gestos, sus actitudes, han recorrido todo el mundo, desde la gran capital hasta la aldea más ignorada, y desde el monarca poderoso al campesino, todos han reído con sus aventuras peliculísticas. Sin embargo de ser tan conocido, de su gran popularidad, pocos son los que conocen su vida anterior, su vida actual, como se formó esa personalidad artística que gracias al cinematógrafo se anima a un mismo tiempo en miles de lugares de la tierra. CARAS y CARETAS puede hoy contar sus intimidades, que el gracioso actor ha dicho a nuestro corresponsal en París, señor Javier Bueno.

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   Varias veces intenté cumplir la misión que me diera CARAS Y CARETAS de contar a los lectores quién es, quién fué antes, y cómo vive Max Linder.

   Unas, el famoso actor estaba en Suiza haciendo un film en los Alpes; otras, se encontraba en España componiendo una película que se titulará «Max Linder, toreador», después marchaba a Inglaterra, luego a Egipto... Por fin logré encontrarle en su coqueto pisito del Quai d'Orsay que acaba de instalar con las ganancias de su trabajo pintoresco, arriesgado, azaroso...

   Cuando llegué a su casa, me recibió una criada vieja. Pasé al comedor porque el famoso peliculista estaba en conferencias con el encargado de la casa Pathé, sobre un film proyectado... «usted — oía decir, — se tira debajo del tren y queda usted aplastado como una oblea. Yo me acerco, le doblo como si fuera papel, y me lo meto en la cartera... » Si no hubiera estado en casa de un peliculista podría creer que me había metido por equivocación en un manicomio. Porque en realidad, el cinematógrafo es la locura y lo grotesco elevados a su mayor grado, cuando no el sentimentalismo llorón y melodramático. Pero Max Linder cultiva la mueca caricatúresca, la burla de la vida con una gracia inimitable.

   Max Linder se asomó a la puerta invitándome a pasar.

   — Por fin logramos encontrarnos, — me dice sonriendo, mientras me alarga la mano.

   Pasamos a un despachito coqueto, alegro, con muebles del más puro estilo inglés.

   Una vez sentados, me pregunta:

   — Bien, ¿y en qué puedo servirle?

   — Quiero que me cuente usted su vida, sus intimidades para la revista de Buenos Aires, CARAS Y CARETAS.

   — Si eso le interesa, empiezo Yo nací en Burdeos. De chico ni fui peor ni mejor que la generalidad. Estudié en varios colegios obteniendo buenas notas, pero sin que yo pusiera mucho de mi parte. A mi no me gustaban ni las ciencias ni la historia, y únicamente me interesaba por la literatura porque tenía gran relación con mis sueños. Sobre todo, cuando en el libro de texto on el instituto, encontraba un trozo de comedia o de drama, era yo feliz. No sólo me lo aprendía de memoria, sino que en la clase, delante de mis compañeros y del profesor, recitaba las escenas poniendo en ello tal calor, que mis condiscípulos rompían en aplausos. A medida que crecía, mi afición por el teatro aumentaba, y a los dieciséis años, cuando ya había trabajado en varias compañías de aficionados, me decidí a hablar a mi padre sobre mis propósitos de dedicarme a la escena definitivamente. Mi padre se opuso terminantemente y entonces abandoné la casa paterna y me vine a París. Aquí lo pasé bastante mal, y gracias a un amigo de mi familia pude encontrar, después de algunos meses, un empleo con un sueldo de 125 francos mensuales. Mi padre se negaba a mandarme un céntimo porque quería a todo trance hacerme desistir de mis intenciones.

 

M. Max Linder Autografo para CYC

Max Linder escribiendo su autógrafo para CARAS Y CARETAS, y el autógrafo del famoso peliculista.

 

   Al cabo de un año de estancia en París un día tuve ocasión de que me presentaran a Le Bargy quien como usted sabe es ün gran aficionado a la esgrima. Sabiendo que yo tenía aficiones teatrales y que era un buen tirador, me propuso que él me daría lecciones de dicción y yo en cambio le daría lecciones de florete. Poco tiempo después, formé parte de la compañía que actuaba en el teatro de Varietés, para reemplazar al primer actor, que estaba enfermo. Tuve éxito y el empresario me ofreció la contrata en firme. El actor a quien yo sustituía, era el director de la compañía y molestándole mi éxito, no paró hasta lograr que yo me fuera. Después, estuve en varios teatros de París y de provincias, y ya por aquella época hice películas. Como en aquellos tiempos el trabajar para el cinematógrafo estaba mal visto yo me caracterizaba todo lo más que podía para no ser reconocido; pero, sin embargo, ciertos gestos, ciertas actitudes mías fueron observadas por el público, y así, antes de conocerse mi nombre en cada país me habían bautizado con un sobrenombre. Coincidiendo con las raras películas que entonces hacía, trabajé en el «music-hall» hasta que por fin me dediqué por completo a la película. Cuando las más grandes figuras del teatro se decidieron a poner sus nombres en los anuncios de los films, yo también puse el mío, y como el público me conocía de cuando trabajaba anónimamente en poco tiempo fui popular en todo el mundo. He hecho una revolución en la película cómica, pues cuando yo comencé apenas si los films eran de ciento cincuenta metros, y estoy componiendo uno que tendrá mil metros, una comedia cómica en tres actos cuyo autor y principal actor, soy yo. Porque he de decir a usted, que yo pienso, organizo y ejecuto todas las películas en que aparezco. Hoy no sólo tengo mi vida asegurada, sino que gracias a la casa Pathé, puedo contar con una cantidad anual que no baja de 300.000 francos. Dentro de pocos días voy a Budapest con un contrato de quince representaciones a «cuatro» mil francos por representación. Luego, voy a San Petersburgo, donde tengo un contrato que quiero enseñarle.

   Max Linder salió de la habitación y al poco tiempo volvía con con una cartera de cuyos compartimentos rebosaban los billetes de Banco.

   — Aquí tiene usted, — me dijo mostrándome un papel, — el cincuenta por ciento de la entrada bruta del teatro, un beneficio y una representación ante la familia imperial.

   Variando de tema:

   — ¿Cómo se le ocurrió a usted torear en Barcelona? — le pregunté.

   — Al llegar a Barcelona yo no esperaba encontrarme con un público tan amable, pues los periódicos publicaron artículos poco favorables para mí. Ocurrió todo lo contrario; nunca me han hecho las ovaciones que obtuve en Barcelona. Entonces yo quise demostrarle al público mi agradecimiento. ¿Cómo hacer esto? Y se me ocurrió matar un toro, es decir, hacer luna película que comienza en París a donde me telefonea para que vaya a Barcelona para substituir a un torero y que acaba con mi triunfo en la plaza. Este film ya está terminado, pero yo no quiero que se estrene hasta que yo vaya a Barcelona, pues quiero que las primicias sean para el público de aquella ciudad.

   — ¿No piensa usted ir a América?

   — Sí, desearía ir, sobre todo a la Argentina, a Buenos Aires, pero hasta ahora, los contratos que me han propuesto no me han convenido.

   — ¿Qué edad tiene usted?

   — Treinta años.

   — ¿Es usted casado?

   — Ño, soltero; pero no deseo otra cosa que casarme, pues estoy harto de vivir solo. Ahora que es muy difícil que yo encuentre una mujer á mi gusto. Por el género de vida que yo hago, no puedo visitar salones donde podría encontrar a la mujer que busco; vivo entre gente de teatro y yo no me caso con una artista de la escena.

   — ¿Y por qué no puede usted visitar los salones?

   — Porque las reuniones mundanas son generalmente de noche y como a las siete de la mañana me levanto para mi trabajo, resulta que ño puedo acostarme tarde.

   — ¿Gusta usted del sport?

   — Mucho; soy un buen esgrimidor como antes le decía; buen piloto de yate de carrera, he ganado varias regatas y muchas copas con mi propio barco; los patines, los skis, los saltos, el caballo, el automóvil y hasta el aeroplano todo lo se manejar, y de ahí que pueda hacer toda clase de films.

 

M. Max Linder

Max Linder esgrimista.

 

En Madrid tuve una caída terrible que pudo costarme la vida, y la memoria de ella amarga los otros buenos recuerdos que tengo de aquella ciudad.

   — ¿Conoce usted la revista CARAS Y CARETAS.

   — Sí, la compro desde que usted me anunció que vendría a visitarme en su nombre; es una gran revista.

   — ¿Quiere usted escribir unas líneas para sus lectores?

   — Con mucho gusto.

 

M. Max Linder

Javier Bueno, corresponsal de CARAS Y CARETAS en Paris, conversando con Max Linder, en el despacho de éste.

 

   Y mientras Max Linder escribía y firmaba, el objetivo le sorprendió.

   Max Linder tenía una cita con la empresa de un teatro de París en el que trabajará durante todo el invierno que viene.

   Se puso a almorzar en un comedorcito claro, muy alegre, adornado al gusto bretón. El fotógrafo ofició de nuevo y nos despedimos.

   Las fotografías que ilustran esta información ayudarán a los lectores a conocer a este famoso farandulero, si mi prosa no hubiese cumplido lo que yo me proponía.

JAVIER BUENO.

(Caras y Caretas, 12.4.1913)