CINEMATOGRAFIA

 

   ¿Quiere usted reirse un rato, hasta que las lágrimas se salten a los ojos y el rostro se congestione?... No siempre ha de ser el drama cinematográfico lo mejor de la semana y, en efecto, por esta vez, corresponden los honores a una pochade en tres largos actos, representada por el inímitable Max Linder.

   «El desafío de Max», estrenado anoche en el Palace Theatre, es la cinta de referencia. No se trata de un absurdo en que se rompen platos y se hunde el piso: se trata de un verdadero sainete de argumento definido, lleno de situaciones altamente cómicas de las que Max saca un partido admirable, haciéndonos reír a carcajadas.

   La fama de Linder nos evita hacer su elogio, ha sido, es y será indudablemente por mucho tiempo, el primero entre los artistas cómicos que impresionas películas y al público le basta saber que se exhibe, una cinta en que trabaja Max para reirse aún antes de verla y con sólo pensar en las expresiones diversas que sale dar a su rostro y en la habilidad con que sale de los trances más apurados.

   Max, además de ser un actor cómico de primer orden, es un tipo simpático que no basa su comicídad en ser feo; que, por el contrario, es un buen mozo, práctico en toda clase de ejercicios y deportes. Max baila, Max patina, Max maneja el florete, Max monta a caballo. Max hace de todo y todo lo hace con sin igual maestría. Sus cintas por tanto, no necesitan basarse en lo ridículo de su facha ni de su traje; Max siempre visto con exquisita elegancia y muchas son las mujeres de todos los peel los y de todas las razas que están locamente, perdidamente enamoradas de su gallarda apostura. Es un hombre realmente afortunado a este respecto.

   En el «Desafío de Max» — quizás la película más larga e interesante de cuantas hasta ahora ha impresionado — ni un sólo momento decae el interés, ni un sólo momento hay en que el ánimo más abatido y contristado no se disponga a la risa. Quizás el título de la pochade, no hace justicia al argumento, pues lo del desafío es en realidad sólo una entre mil incidencias de todo género que le ocurren a Max desde que comienza sus amores con la hija del barón Fitz hasta que termina casándose con ella. Durante el curso de la obra se nos presenta Max cazador y detective en el primer acto, duelista y enamorado en el segundo, farrista en el tercero, cuando se despide de la vida de soltero, y su propio exrival tiene que llevárselo unas veces arrastrando y otras al hombro, hasta tirarlo en la cama.

 

Szenenfoto 1 Le duel de Max

 

 

Szenenfoto 2 Le duel de Max

 

   En esta escena de la casi orgía con que amigos … y amigas, despiden a Max de la vida de soltero hay, — aparte la nota cómica que en todos los momentos campea en la obra— otra nota de gran interés para nuestro público: el baile del oso, que tanto ha dado que hablar en el extranjero y del que tantas cosas hemos oído y leído, pero que hasta ahora aún no habíamos visto. Max lo baila admirablemente a juzgar por la desenvoltura y elegancia con que ejecuta las diversas figuras.

   Cuantos ya conocen a Max pueden imaginarse todas las cosas que hará en una pieza ya de par si graciosa e interesante y lo que será la cinta estrenada en los teatros de su tocayo Max Glücksmann — Palace y Petite Palace — explicándose sin mayor esfuerzo que nos hayamos entusiasmado con ella y que le demos la preferencia entre los estrenos de la semana.

   Se completa esta nota con la fotografía de Max Linder — al natural — y con las dos escenas del desafío propiamente dicho.

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   En varios de los salones está actualmente constituyendo «Quo Vadis?» la great atraction y esta gran cinta, conjuntamente con el «Milagro de las Rosas» y la Lección del abismo», por la famosa Robinne, van siguiendo su carrera triunfal por diversos cinematógrafos, estrenándose unas noches en unos y otras en otros, pero siempre en primera fila dentro de los respectivos programas.

   Las cintas realmente buenas no envejecen como no envejecen las obras teatrales de mérito, y muchas son las personas que a pesar de haber visto el estreno en el Palace han ido nuevamente a los cinematógrafos menos importantes para extasiarse con la belleza de la Robinne y con su admirable interpretación de la «Lección del Abismo». Leon de Aldecoa [?] (Caras y Caretas, 30.8.1913)