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CHISMORREO

Hablando con Max Linder

 

 

   Están de actualidad los cines, y más todavía aquellos que se nos presentan en las películas.

   Max Linder, el popularisimo actor francés, que tan familiar es á todos los públicos, se encuentra en Madrid desde hace dos dias.

   Viene al Gran Teatro y allí se presentará el lunes próximo. ¿Cómo le recibirá el público? Seguramente bien, porque Max se lo merece. No es un vulgar volatinero que sólo á fuerza de saltos mortales y dislocaciones logra arrancar al público carcajadas. Max Linder exagera; pero es un actor siempre y procede como tal.

   De los éxitos en el cine es inútíl hablar: todo el mundo le ha admirado en sus diversas aptitudes y celebrado sus oportunas salidas mímicas.

   Ser aplaudido por un público es fácil; ser ovacionado por todos es difícil, y esto lo ha conseguido ampliamente Max Linder.

   Su presencia en Madrid seguramente es un tema de actualidad. Habrá, pues, que verte y charlar con él un rato.

   Max Linder es la amabilidad misma, vestida de la elegante toilette de siempre. Hasta lleva sus pantalones rayados, como en las películas. Únicamente se nota en él alguna diferencia, en que su estatura es más baja que la que aparece en las películas.

   —¿Qué tal por España?

   —Mal.

   —¿Cómo es eso?

   —Verá usted...

   Antes de meternos en materia, Max Linder me habla, porque yo le pregunto, de sus primeros pasos por el mundo escénico.

   —Yo quería ser actor, pero papá se oponía. Mi familia goza de buena posición en la Gironda y tenia sobre mi otros proyectos. Cuando yo mostré mi absoluta decisión de ser cómico, papá me dijo: «Unicamente le permito si entras en la Comedia Francesa.» ¡Figúrese usted! Yo entonces era muy joven.

   —¿Qué edad tiene usted ahora?

   —Veintinueve años. Yo, entonces, tenia veinte. Salí con prímer premio del Conservatorio y me dediqué á que el célebre actor Le Bargy me diese unas cuantas lecciones. Por cierto que éramos maestro y discípulo alternativamente, pues mientras él me enseñaba dicción, yo le enseñaba esgrima.

   —¿Es usted tirador?

   —Soy el segundo campeón de la españa. A eso le he tenido tambien mucha afeccion. Cuando yo estaba más entusiasmado con las lecciones de Bargy, esta me dijo cierto día: «Mi querido Max, tu temperamento no es para la Comedia. No te va lo clásico, y creo que harías bien en dedicarte á los téatros del bulevar.» Va comprende usted lo que esto quiere decir. Representar comedias de americana ó levita, pero no vestir el traje de los clásicos. Entonces me contraté en el Ambigú como segundo galán cómico.

   —Ya le tenemos á usted en su verdadera afición.

   —Allí estuve dos años, y me contrataros para el teatro Réjane; pero cuando estaba ensayando me ofrecieron mejor contrata en Varietés, y allí me trasladé durante tres años. Luego he hecho otros teatros. —Supongo que tendría usted gran éxito.

   Sí; mis primeros pasos fueron afortunados. Por entonces comenzaba ya el esplendor de los cinematógrafos, y yo ya habia hecho algunas películas. Con ellas alternaba mis trabajos en el teatro.

   —Eso se llama aprovechar.

   —¡Bah! Soy joven y fuerte.

   Miro á Max Linder, y, efectivamente, su juventud y su fortaleza emanan aires de salud y alegría, y yo me complazco en seguir charlando oon aquel hombre que, consagrado á divertir á la Humanidad, comienza por divertirse él mismo y contar con su propia voluntad y energía.

   —Por entonces ya cobraba yo un sueldo que jamás pensé. Pathé me preguntó en cierta ocasión: «¿Cuánto gana usted?» «Mil francos. por mes.» «Yo le doy cinco mil.» «Trato hecho.» Y segui impresionando peliculas y sintiendo la satisfacción de que éstas eran las más solicitadas. Asi llegué hasta tenor 50.000 francos al año.

   —Bonito sueldo.

   —Ahora verá usted lo que me pasó. Yo, á imitación de lo que hacen algunos otros artistas de París, con los teatros alternaba los «music-halls». Todo era cuestión de contrato. Me llevaron á Olimpia, y alli, entre otros trabajos, hacia un número que consistía en una sección de boxeo con patines. ¡No le quiero decir á usted lo expuesto que aquello era! Tal mé sucedió; una noche résbalé y caí.

   —¿Con daño?

   —Dos años de enfermedad, pues á causa del golpe se me declaró la peritonitis y tuvieron que hacerme terribles operaciones. Tengo el vientre abierto por tres ó cuatro lados,

   —¡Horror! Seguro estoy que cuando esto lean muchas lectoras, les parecerá que es imposible que aquel muchacho alegre y dívertido, su Max admirado, haya sufrido tan dolorosas pruebas. Y, sin embargo, así es.

   —Excuso decirle á usted los dos años que yo pasaría, á solas, enfermo, y pensando que para mí se había acabado todo. Mientras tanto, la Casa cinematográfica para donde yo trabajaba pensó en sustituirme y buscó á otros artistas. Por alli desfilaron varias de los más conocidos de París, haciendose pagar muy caro. Yo me curé, y, como es natural, quise reanudar mi vida. Fui á ver á Pathé, y le dije:

   —Ya estoy bueno. ¿Cuándo reanudamos?

   —Cuando usted quiera.

   —Perfectamente; pero antes quiero ver lo que se ha hecho mientras mi enfermedad.

   —¿Celos artisticos?

   —Lo que usted quiera; pero creo que lo encontrará natural. Vi lo que se habia hecho y le pregunté á Pathé: —¿Y ahora? —Pues, como siempre. —No; ellos ó yo. —Usted. —Pues entonces quiero, en vez de 15.000 francos, 250.000.

   —¡Muy bíen!

   —Y me los dió, y aquí me tiene usted contratado por tres años.

   —¿De manera que 250.000 francos por año? ¡Ya será negocio el de las peliculas!

   —Figúrese usted.

   —Dígame algo de cómo las hace.

   —Eso es horrible, porque, amigo mío, yo solito me las pienso y planeo. Estoy á lo mejor acostado y dándole vueltas á una idea; cuando comienzo á ver claro el asunto, ¡zás!, salto de la cama, me envuelvo en una bata y allí mismo comienzo á desenvolver el asunto. Cuando ya tengo uno, tengo que empezar á pensar en otro.

   —¿Cuántas películas tiene usted que hacer?

   —Cincuenta. O sea casi una por semana. Yo tengo contratados seis actores, les reparto la explicación de lo que deben hacer y en seguida á trabajar. Las películas las hacemos habiando, diciendo lo que se nos ocurre apropiado al momento. Mientras tanto, el operador trabaja y todo marcha como una seda.

   —¿Y en la calle?

   — Eso es difícil; pero yo lo comparo á un plan de batalla. Basta con que el general en jefe sepa preparar el terreno y las tropas para que todo marche cómo una seda. Lo primero que hay que cuidar es que el público no se dé cuenta, cuando se trata de hacer algo en una calle, de que estamos nosotros. Figúrese usted que se trata de algún incidente que se desarrolla en la plaza de la Opera en París. Pues si el público que por alli transita se diese cuenta no habría película posible. Se aglomeraría todo el mundo, se interrumpiría la circulación y los agentes nos llevarían á la Comisaría antes de que hubiésemos realizado nuestro propósito. Yo le digo al operador que se coloque en tal sitio á tal hora determinada. Los artistas que intervenimos ha vamos lo propio, y al segundo ¡zás! aparecemos por donde tenemos combinado. Cuando los agentes quieren acudir y el público se aproxima, ya está impresionada la película.

   —¿Muchos gastos para eso?

   —Enormes; pero el contrato me da margen para todo ello. ¡Oh, si yo tropezase todos los dias con asuntos! ¡Asi fuera en el sitio más difícil del mundo, allí operábamos!

   —¿Quiere usted que hablemos de su tournée por España?

   —Verá usted. Mi principal propósito era el de proporciónarme algún descanso y realizar un viaje de placer. Un empresario de Barcelona me habló y me pareció muy bien lo que me propuso. No eran muy grandes mis honorarios; pero me ayudaban al viaje. Yo expliqué que haría una pequeña demostración da cómo se impresionan las peliculas, representando con tres ó cuatro artistas una pequefia pieza, en la que yo pudiera hacer cosas. ¿Me comprende?

   —Perfectamente.

   —Se trata tan sólo de una pequeña comedia, en la que expreso la alegría y el dolor, el miedo, la desesperación y otras cuantas sensaciones. Hay también su momento de fina comedia. No olvidemos que he tomado lecciones de Le Bargy y que he representado en el Ambigú y Varietés. Bueno, pues cuando llegué á Barcelona me encontré con que se me habla hecho una atmósfera que me perjudicó de un modo atroz. Figúrese usted que allí se creía que yo íba á representar una comedia seria en tres actos, semejantes á las que han presentado otros artistas franceses cuando han venido en tournée por España. El público, justo es reconocerlo, me ha aplaudio mucho, y por ese lado estoy contento; pero la Prensa me ha tratado muy mal. Claro: contaba con una comedia en tres actos y se han encontrado con un espectáculo da veinticinco minutos. ¿Qué cree usted que pasará aquí?

   —Pues que el público no sufrirá semejante error y apreciará su valer.

   —Yo quiero, dejar bien sentado esto: que no vengo á representar comedias, sino á proporcionar un pequeño rato de entretenimiento. Veremos si lo consigo. No crea usted que eso me sucede por primera vez. Verá usted: No hace mucho que fui á trabajar á una población francesa. Me presenté haciendo una comedia, y yo observé que en el primer acto y lo mismo. Yo comprendi que habia fracasado. Los espectadores. acostumbrados á mis cosas y astracanadas de las peliculas, sufríeron una desilusión terrible. ¿Si? me dije. Pues ahora verás. Llegó el tercer acto, y no puede usted figurarse las cosas que hice. Salté, brinqué, rodé por el suelo, y tuve un éxito loco. ¡Cualquiera se mete á hacer comedias serias! ¿Comprende usted ahora por qué me perjudiqué en Barcelona con la creencia que habia de que yo iba á hacer eso? ¡Comedias serias, no!

   —Yo me encargo de contarte al público madrileño lo que va usted á hacer. ¿Quién le acompaña á usted?

   —Dos artistas y la señoríta Napierkowska.

   —Es bailara ¿verdad?

   —Y de muchisimo talento. Tomará parte conmigo en la representación de la piececita y luego bailará, ¡Ah! Conste que son bailes egipcios, de la antigúedad, clasicos, los que ella realiza. No vayamos á tener otra equivocación.

   —Yo le aseguro á usted que tendrá el éxito que se merece.

   —Esos son los disgustos que he tenido á mi llegada á España, y de los que le hablaba al principio de nuestra conversación. Además, me han asegurado que también hay cierta atmósfera contra mi en Madrid.

   —¡Qué disparate!

   —Me lo han dicho.

   —Ya verá usted cómo no es cierto.

   —Tanto es así, que le he propuesto al empresario rescindir mi contrato, pagar los gastos de mis compañeros y míos y marcharme.

   —No haga usted semejante cosa. Ya veri usted el día de su debut.

   —Sí; ahora me voy convenciendo de lo contrario, y ya ansio presentarme ante público.

   —¿Usted ha toreado en Barcelona?

   —Sí, en una fiesta de aficionados. Yo habia ido dos veces á los toros y visto torear á Gallito. Yo no tengo facilidad para imitar a cantantes; pero, en cambio, cuantas cosas, veo hacer con el cuerpo y las manos especialmente las copio con fidelidad. Cuando yo sali á la plaza para matar mi torete me propuso imitar al Gallito, y de tal modo lo logré, que la gente se empeñó en que me habia dado lecciones el Gallo... ¿Ve usted eso que hace así?

   Y al decir esto, Max Linder se levanta de la silla que ocupa, y plantándose en el centro de la habitación comienza á dar revolares y faroles, como los del torero cañi.

   —Bueno, pues todo eso que le vi hacer, le realicé yo en la Plaza de Barcelona.

   —¿Otro éxito?

   —Enorme. Claro está que yo me aproveché para que mi operador impresionarse alguna pelicula, y con ésta y con otras que ha de hacer en España, ya tengo otro asunto.

   Aun charlamos mucho más, porque la amabilidad y amenidad de Max Linder son grandisimas. No exagero; tan entretenido como en las películas es hablando. Su simpatia en atrayente.

   Y ahora, para terminar, Max es soltero pero, según dicen, no tardará mucho en dejar de serio. ¿Por qué? Misterio...

   ¿Mi impresión sobre su debut?.. Que será ún gran éxito. No hay que olvidar que le debemos todos los aplausos que nos han hecho tríbutarle in mente sus graciosísimos trabajos en películas, que tanto nos han deleitado.

A. R. BONNAT

(La Correspondencia de España, 4.10.1912)