PASANDO EL RATO

UNA LECCION E MAX LINDER

 

 

   Dicen las gentes por ahí que los cómicos en general son los seres más vanidosos de la creación, y los cómicos españoles en particular Tos más vanidosos de cuantos cómicos andan por el mundo. ¿Lo son efectivamente ahora? ¿Lo fueron siempre?

   Cuanto a la vanidad de los cómicos actuales, yo no puedo hablar por experiencia propia. Sólo a dos he tratado íntimamente. Uno era el prototipo de la vanidad más insoportable. Otro la suma y compendio de la modestia más encantadora. Así no hay modo de fallar. Pero las gentes dicen lo que dicen, y algo debe haber de cierto en la sentencia cuando en un dos por tres oímos a los que conocen los secretos de la farándula cosas de este jaez:

   — Ya no está Pérez en la compañía de Rodríguez.

   — ¡Hombre! ¿Y cómo así?

   — Pues muy sencillo. Rodríguez «se colocaba» en los carteles con unas letras descomunales. Las de Pérez quedaban por lo menos una pulgada más bajas. ¡¡Pérez no podía aguantar más!!

   — ¡Vaya, vaya!

   O esto otro:

   — ¿No sabes la novedad? El actor Fulano y la actriz Mengana, que parecían un matrimonio modelo, tienen desdé el mes pasado convertida su casa en sucursal del mismísimo infierno.

   — Pero es inexplicable...

   — No; inexplicable no. Figúrate que desde hace un mes ha dado el público en aplaudir a Fulano más que a Mengana. Y Mengana, que se creía artísticamente a muchos cientos de codos sobre su marido, anda rabiosa, y hasta tiene celos de los otros, no de los artísticos exclusivamente. cosa que no se permitía tener cuando Fulano se avenía a pasar a su lado por una simple figura secundaria.

   Otras veces es una tiple ligera — ligera de cascos y de ropa — la que entre gritos descompasados y lágrimas intermitentes acude en alzada al empresario con una jaculatoria por este estilo:

   — ¡Nada, nada! Me voy de la compañía, ¡No faltaba más! ¡¡Esto es inaguantable!!! ¡¡¡Repartirle a la Méndez un papel que tiene una escena más y dos palmos, menos de falda!!...

   Esos ataques fulminantes de que con frecuencia adolecen nuestros cómicos, claro es que vienen a dar la razón a las personas que nos los presentan como seres comidos por la vanidad.

   ¿Y desde cuándo los cómicos son vanidosos por condición? No hay que sentirse erudito, ni devorar indigestos infolios, ni sumergirse en la enmarañada noche de los tiempos, para comprender que esa vanidad es relativamente moderna. No podía albergarse en «el tinglado de la antigua farsa, la que alivió en posadas aldeanas el cansancio de los trajinantes, la que embobó en las plazas de humildes lugares a los simples villanos, la que juntó en ciudades populosas a los más variados concursos», según nos dice el «Crispín» de Benavente en el prólogo de «Los intereses creados»; y mucho menos existir en aquellos benditos días de Lope de Rueda, en que, según otro prólogo famoso, el que a sus obras de teatro puso Cervantes, «todos los aparatos de un autor de comedias (director de compañía diríamos ahora) se encerraban en un costal, y se cifraban en cuatro pellicos blancos, guarnecidos de guadamecí dorado, y en cuatro barbas y cabelleras y cuatro cayadas poco más o menos».

   El nacimiento de la vanidad o, si esto parece poco, de la soberbia de los cómicos, hay que buscarlo en el punto y hora en que dejaron de ser esclavos de la multitud para convertirse en tiranos de ella. Llegó con el mayor desarrollo de la cultura; y ayudaron mucho: de puertas adentro, el aparato escénico; de puertas afuera, y sucesivamente, la diligencia, el ferrocarril y más que nada el automóvil.

   Veremos qué nos deparan, en punto a nuevos desenvolvimientos de la vanidad de los cómicos, las invenciones últimas.

*

   Contra soberbia, humildad.

   Gran lección, por vida mía, acaba de dar a cómicos vanidosos uno del oficio.

   Max Linder — de quien se trata — es acaso el actor más conocido en el mundo. Va para dos años lo tuvimos personalmente en España; pero antes, muchísimo antes de que viniera, nos lo sabíamos ya de memoria; y todavía, sin tenerle aquí, continuamos viéndolo diariamente, porque Max Linder se pasa la vida conibinando películas cinematográficas, que van a todos los lugares del mundo y en las que él figura siempre como primer actor.

   Por la razón apuntada, goza Max Linder de una popularidad por pocos hombres conseguida. Y siendo asi, y cuando los cómicos de toda laya, aun los más mediocres y menos conocidos, han logrado de los otros mortales indulgencia plenaria para todo uso y abuso de adjetivos por formidables que sean, harto mejor podría tolerárse le al gran peliculero que agitara el parche hasta quedarse solo.

   Y he aquí que Max Linder ha tenido recientemente un rasgo que, si no merece que se le perpetúe en mármoles y bronces, es digno, por lo menos, de conseguir publicidad resonante para honor del interesado y a modo de triaca que oponer al veneno de la vanidad que a tantos y tantos cómicos corroe.

   El empresario de un salón cinematográfico de París andaba hace poco removiendo los desvanes de su cacumen en busca de un anuncio verdaderamente llamativo.

   Dio en el quid, a su modo, haciendo colocar sobre la puerta del establecimiento un cartelón con la figura de Max Linder, y debajo esta inscripción en caracteres muy visibles:

MAX LINDER, KING OF CINEMA

   Así, en inglés, para mayor claridad, en lo más céntrico de París.

   Max Linder vio el anuncio y se apresuró a demandar al empresario ante los Tribunales, no porque usara del nombre del artista para el reclamo, sino por el aditamento del rimbombante título — REY DEL CINEMATOGRAFO —, que podía presentarle a los ojos de sus compañeros y del público cómo un gran vanidoso o un gran soberbio.

   La justicia de París llenó unos cuantos pliegos, tal vez no tantos como habría llenado en trance parecido la justicia española. Y hace tres días no más se ha visto lá singular querella en la Sala tercera dé lo civil.

   El Tribunal ha dado la razón a Max Linder. La sentencia, ya publicada, condena al empresario a pagar quinientos francos de indemnización, y desdé luego a la retirada del cartel origen de la querella.

   — ¡Daños y perjuicios! — exclamarán haciéndose cruces cien mil cómicos de por acá que, convencidos de que el adjetivo «ilustre» ha venido a parar en muy poca cosa, se darían con un canto en los pechos porque les llamas en reyes de algo... aunque sólo fuese de la baraja.

   ¡Oh, admirable Max Linder, más admirado a partir de esa querella inopinada, y de qué poco va a servirnos la lección por aquí!

   En España, y en materia de adjetivos, los cómicos no se querellan por exceso — ¿cuántas veces se habrían ya querellado todos si tal hiciesen? — sino por lo que conceptúan defecto.

   Harían lo, si se querellaran, contra el pobre crítico que escribió discreto y no distinguido, distinguido y no ilustre, ilustre y no eminente.

   O bien acudirían a querellarse ante el juez: Pérez, porque en el cartel figura Rodríguez con letras más grandes.

   La Mengana, porque al actor Fulano, su marido, ha dado el público en aplaudirle algunas noches más que a ella.

   Y la tiple ligera de cascos y de ropa, porque a la Méndez le han dado un papel que tiene una escena más y dos palmos menos de falda.

   Hay lecciones perfectamente inútiles.

   Aquí... y en Francia. F. AZNAR NAVARRO. (Correspondencia de Espagña, 12.7.1914)