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“ASTROS” FILANTES BAJO

EL CIELO DE CANALETAS

por José Esteban Vilaró

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LA PRIMERA VISITA

   La importancia de este auge en Barcelona no pasaba inadvertido en los centros impulsores del cine-espectáculo, centralizado entonces en Paris. Se cuidaba el mercado español como predilecto. Y a 1911 es el año de la gran popularidad de un actor genial en las pantallas. Lo gente se interesa en su trabajo, se desternilla de risa ante sus «gags» — sus ocurrencias decíase entonces — y su mímica hilarante. Se llamo Max Linder...

   La casa Pathé impulsa el víaje de Max a Barcelona. El programa propagandistico comprende la actuación personal del actor en las tablas teatrales. Estamos en 1912. Es el primer «astro» que viene a visitarnos. Barcelona, ciudad de brazas abiertos y de aplausos generosas, abre el ciclo de sus recepciones ardorosos o las ídolos que la cinematografía empieza a crear y o consumir, a levantar y a derribar, con rapidez incoercible.

MAX EN BARCELONA

   Había dama que veía en Max el hombre atractiva tremendamente simpático, capaz de enamorarla. Habia damito ya enamoriscada. Todos, quien más quien menos, pasábamos muy agradables ratos viendo los films Pathé en los que el actor se superaba en los juegos de mímica y gustaba en quedarse a menudo en calzoncillos. En la pantalla no tenia rival. La gente llenaba las salas al anuncio de su nombre.

   La Prensa anunciá su llegada. La desmintió. La volvió a notificar. Hubo gacetillas abundantes. Relatos de su vida, de las detalles de la misma. La Prensa presentaba con gran lujo de pormenores al «As de la pelicografío». Tenía veintinueve años. Era un primer premio de declamación del Conservatoria. Aunque el galardón no venia a cuento, porque el cine de la época era mudo y continuaria siéndolo durante muchos años, todo ello formaba parte del bagaje de una perfecta propaganda. El público barcelonés supo que Max tenia aptitudes y practicas deportivas. Era nada menos que «boxeador, aeronauta, tirador de florete, carabina y pistolo, patinador, equilibrista y «chauffeur» osada». Lo «Esquella de la Torratxa» hablaba del «hombre del día»; reproducía en una página gráfico las fotografías de su pueblo natal, la cosa donde vió la luz, las de su padre, madre y nodriza. La del propio Max a la edad de cinco años...

   Alguna fantasia debía de haber presidida semejante ilustración, por cuanto el festejado, puesta ante tales recuerdos de familia, mostróse extraordinaríamente sorprendida. No reconocia a sus progenitores y mucho menos a su nodriza. En lo que concernia a su pueble natal, que era Saint-Loubés, la vista reproducida se parecia extrañamente, según su propia declaración, o La Bisbal – asur - Marne.

COSAS DE MAX

   Desde su llegado por la estación de Francia, en cuyos andenes realizó su primera exhibitión cómica, a guisa de exordio, al simular un altercado con los guardias de servicio, no dejó de cultivar su popularidad con mil extravagancias y de burilarse una silueta original que ayudara a su autopropaganda. En la Plaza de Cataluña subió a horcajadas sobre unas mulas sueltas, allí dispuestas para el enganche de las reatas que se adicionaban al tiro de los coches de la Catalana Tratersal, ascendentes por la Rambla de Cataluña. Allí, pués, dió un espectáculo de equitación bufa y gratuita con el beneplácito de todos.

EL «DEBUT»

   El «debut» en carne y hueso ante el público tuvo lugar el 20 de septiembre de 1912 en el Teatro Novedades. No fué un éxito de los que acostumbran a llamarse apoteóticos. El público quedó un poco frío. El caso ha sido idéntico cada vez que un artista del cine ha querido explotar su éxito apeándose en las tablas. La cinematografía, con sus «maquillages» y «découpages» es para el actor un arte con trampa. Presenta solamente los gestos logrados, las actitudes graciosas, las caras preparadas. Las imperfecciones son subsanadas por el corte o enmendadas por la repetición de las escenas. Las candilejas no admiten aderezos de ese género. Dan relieve a las aciertos como a las fallas. Nada escapa a su luz. El luego mímico no admite enmiendas o supresiones en el curso del trabajo. Max Linder defraudó. Las señoras tuvieron una desilusión. No vieron en el la arrogancia varonil que tanto les satisface. Ni la vis cómica que derrochaba en su películas. Max era, en la escena, un actor más. Pero un actor cuya lengua no entendian.

   Hubo en el programa de variedades, compuesto adrede para su presentación, un número que, ése sí, conquistó enteramente el favor del público. Ese número fué el de la danzarina Napierkowska. Un verdadero éxito que obscureció el del propio Max desde el primer día.

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(Destino, 17.3.1945)