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DE LA VIDA QUE PASA

LA AGONÍA DEL BUFÓN

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   ENTRE el fárrago pesado y fatigoso de telegramas de la guerra que publican nuestros, diarios, encuentro la noticia de que en uno de los combates habidos en las cercanías de San Quintín, ha muerto Max Linder, bufón popular, peliculero famoso. Espero al día siguiente ver la noticia cruel rectificada como tantas otras, pero los periódicos no han vuelto á hablar de este hombre singular que reúne en un solo arte las habilidades todas del mímico, del comediante, del payaso, del acróbata y del poeta. Me queda todavía la esperanza de que ese telegrama sea el reclamo de una nueva película cinematográfica, en la que Max Linder habrá hecho de su propia muerte una bufonada más. Pero si se confirmase la noticia, sería este suceso uno de los mayores desastres de la guerra, porque Max Linder era un'glorioso fabricante y exportador de alegría.

   Puede el cañón destruir pueblos y aldeas que han de reconstituirse; puede arrasar campos sembrados que al año siguiente darán más próspera cosecha; puede derruir una fábrica de cerámica, de azúcar ó de bicarbonato de sosa, porque allí se alzará más pronto ó más tarde otra fábrica y nuevos obreros volverán á dar esmaltes á las tierras cocidas, á cristalizar el jugo de la remolacha ó á quintaesenciar el sodio, pero ¿quie'n conoce en el mundo la fórmula química que produce la alegría? ¿qué arquitecto podrá alzar una fábrica donde se produzca, ni qué ingeniero podrá decir cuáles son las retortas, filtros y máquinas que han de reunir y transformar sus componentes?

   Y Max Linder era eso: un misterioso alambique donde se destilaba la alegría; una alegría bonachona y desacordada, entre infantil y cazurra, que hacía patalear de gusto y de contento á nuestros chiquillos y á nuestras mujercitas y que á nosotros mismos, varones sesudos, nos obligaba á desarrugar el ceño y muchas veces, rendidos ya á su arte, á reir á carcajadas, ¡y en nuestra edad, en que la vida nos acogota y nos flagela, hacer reir es una de las mayores obras de misericordia!

 

M. Max Linder

MAX LINDER

Célebre artista de cinematografo, de quien se ha dicho

que ha muerto en la guerra

 

   ¡Sarcasmos de la guerra! Las fraguas de Vulcano, donde se forjan las corazas y los yelmos, y se templan las espadas y las lanzas, no están ya en los subterráneos donde Velázquez las pintara. Se han acomodado en los elegantes despachos de las cancillerías. Allí acuden, en demanda de armamentos, todos los egoísmos de cada nación; las codicias de capitalismo insaciable, las soberbias del imperialismo, las ambiciones del militarismo, las intransigencias del creyentismo, las inquietudes de los bandos políticos necesitados de halagar las estulticias populares... ¡Todos piden la guerra! Entre tanto el pobre farandulero, cómico ó payaso, juglar ó acróbata, jugador de manos ó domador de fieras, atento á su arte, dedicado únicamente á inventar y ensayar nuevas trapacerías, va de ciudad en ciudad, de aldea en aldea, haciendo reir á las gentes, emocionándolas, conmoviéndolas. La alegría, que es la hermana menor de la locura y la hermana mayor de la virtud, es su inseparable compañera. Al pobre farandulero no se le ocurre jamás que para reir, para ser bueno, para ser feliz sea necesario forjar armas y declarar la guerra á pueblos hermanos. El no padece egoísmos ni codicias, ni ambiciones, ni intransigencias, ni soberbias, ni turban su sueño más inquietudes que la añoranza de una gratitud que las gentes, después de reir, de alegrarse, de gozar, gracias á él, lo más sano de la vida, le regatean. Porque como el juglar antiguo, el oficio de farandulero y de bufón, es un oficio infamante y desdeñable.

   Y de pronto, en el recodo de un camino, en el refugio de una posada ó una venta, se le detiene y se le dice que debe ser soldado, que debe tomar un fusil y acudir á la guerra. ¡Imaginad qué ráfaga de alegría entra con él en el cuartel! ¡Es el payaso que trabajó en la plaza del pueblo! ¡Es el comediante que armó su retablo en los días de la feria! ¡Es el acróbata que vimos en la ciudad! ¡Es Max Linder, el famoso, el que inventa y ejecuta bufonadas en las películas del cinematógrafo y ha hecho desternillarse de risa á toda la chiquillería del mundo! y se le exije que vestido de soldado, con el alma entristecida viéndose enjaulado como un pájaro, cante, recite, baile, haga piruetas, y luego, en las marchas fatigosas, es preciso que anime á los muchachos, que les haga reir, que les divierta y les distraiga. Y, al fin, en la trinchera, cuando el cañón truena, cuando se advierte cómo el enemigo aquilata la puntería de sus fusiles, cuyas balas rebotan en la tierra cercana, cuando todos piensan en los padres y en la novia, el bufón debe acordarse sólo de su oficio. El oficial, buen psicólogo, ha hecho del peliculero su mejor auxiliar, y á cada estampido, el oficial grita:

   —¡Muchachos, calma, serenidad!... y tú, bufón, dinos algo. Haznos reir. ¡Imagínate qué película están perdiendo los cines de Europa!

   El juglar cumple su oficio. Aquella es una trinchera de valientes, porque en medio del combate están los hombres riendo. La muerte se va acercando temerosa. Ella misma se espanta advirtiendo aquella ráfaga de alegría en medio de la desolación de la batalla.

   El oficial, enardecido, viendo el valor de sus soldados, no cesa de repetir:

   —¡Bufón, canta... Bufón, recita... Bufón, haznos reir!

   La muerte lo ha oido; ha conocido á aquel hacedor de alegría y llega hasta él en la caricia feroz de un balazo. El bufón, acostumbrado á fingir la muerte, hace al sentirla su última pirueta y cae pesadamente, ¡y todos rien!

   —¡Bufón, otra vez!—gritan todos. —¡Bufón, canta!

   El comediante muerto queda olvidado á poco. Otras balas van arrojando heridos al fondo de la trinchera. ¡Así, cuántos juglares y faranduleros, cómicos ó payasos, peliculeros ó acróbatas habrán caido entre las filas de los combatientes! ¡No se preocupaban más que de su arte, de inventar y ensayar nuevas trapacerías para hacer reir á las gentes y la guerra con un cruel sarcasmo se los lleva al más allá donde el arte y el ingenio no sirven para nada! DIONISIO PÉREZ (Esfera, 10.10.1914)

 

M. Max Linder     M. Max Linder

Max Linder en dos escenas de sus más famosas peliculas