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Hablando con Max Linder.

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El muerto resucitado.—Max, diputado.—

en su «camerino».—La enfermedad de

Max.—¡No fuí herido!—En el frente.—

Un momento de emocion.—¡Por su madre!...

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   «Max Linder en carne y hueso...» Así le anunciaron los carteles del teatro Alfieri, de Turín.

   Y así se presentó al público.

   Al surgir Max Linder entire las cortinas de terciopelo verde que ocultaban el escenario, una ovación delirante le emocionó. Max Linder comenzó a balbucir un saludo en italiano típico, que arrancaba grandes carcajadas al público de Turin. Y la representación comenzó.

   Max Linder dio a conocer al público una pieza, un apropósito llamado «Max, diputado... » Y Max recibía una invitación de su padre para presentarse diputado por un distrito, al que tenia necesidad de ir urgentemente; su mujer no quería separarse de él, y cuando los esposos salian de su casa caía un telon blanco y la accion comenzada por Max Linder y la artista que representaba su mujer seguía, proyectada cinematográficamente, con infinidad de escenas cómicas de gran efecto, hasta que Max llegaba a la casa del gobernador de la provincia donde Max habría de presentar su candidatura; en la maleta llevaba a su mujer, plegada como uno de sus trajes. La noticia de la movilización general hacia salir a Max corriendo; el telón blanco daba otra vez la sensación de la marcha precipitada de Max Linder hacia la frontera italiana en un automóvil que, a velocidades espantosas, acaba por destrozarse en una curva; en un caballo que se precipita en un río; corriendo a pie, y, por último, a bordo de un globo libre, en el que llega y desde el que baja a pulso por la cuerda-timón en el límite de la frontera italiana, donde rapidamente se viste de soldado francés y con un fusil en la mano mira al principio con cara fosca a un soldado italiano que al otro lado de la frontera esta también alerta con su fusil...; pero aquella mirada que los dos soldados, recelosos, se dirigen se va enterneciendo poco a poco y se convierte en mirada de simpatia que empuja a Max Linder y al soldado italiano a atravesar la frontera y unirse en abrazo fraternal... «Marsellesa», himno nacional italiano y... ¡una ovación delirante! .. ¡Una demostración patriótica entusiástica! .. ¡Ahí es nada!... ¡En visperas de declaranse la guerra!...

   Max Linder, pálido, muy pálido, grita con todas las fuerzas de sus ya débiles pulmones: «¡Viva Italia!...», y todo el público, en píe, grita, aplaude, ovaciona a Max Linder, que, muy pálido, se ve obligado a abandonar el escenario apoyado en los artistas que acuden para sostenerle...

* *

   En el ''camerino“ de Max Linder, el gracioso artista, vestido aún de soldado francés, respira con dificultad; un médico le toma el pulso y le dice que hace mal en esforzarse; está muy débil, no tiene fuerzas; un esfuerzo más y le puede costar muy caro …

   Max Linder, muy pálido, mira con ojos brillantes por la fiebre al doctor y a los amigos que estamos allí.

   — No puedo más — dice —, no puedo más … ¡En fin!, ¡Otros dan toda su vida de una vez por la patria... Yo la estoy dando en dosis!... .

* *

   Mientras Max Linder se desnuda habla para el HERALDO:

   — Yo quiero mucho al público de España — dice —; no sabe usted lo que yo sentí el percance del Gran Teatro, que me obligó a no trabajar en Madrid, todo lo que yo hubiese deseado .. Pero, en fin, volvere por allí... ¡Me es tan simpática España!...

   — ¿ . . . ?

   — No. Cuando la Prensa de todo el mundo dio la noticia de mi muerte yo no había sido herido. Un artista cuyo nombre se parecía al mío murió en las trincheras, y al comunicarse la noticia el telégrafo quizás confundió el nombre por primera vez y fué aquella equivocación lo suficiente para que se propagase a todo el mundo la noticia de mi muerte ...; pero ni ha sido «recláme», como se ha dicho, ni yo he tenido nada que ver con ese equivoco que por poco cuesta la vida a mi madre...

   — ¿ . . . ?

   — Sí, señor... mi pobrecita madre, a quien tanto quiero y a quien ustedes los periodistas están matando a disgustos, dando noticias sobre mi salud...

   — ¿ . . . ?

   — Yo estave cuatro meses en el frente, alimentándome sólo de conservas... Aquella alimentación y las fatigas de la campaña me enfermaron gravemente... creian todos que moria...

   — ¿ . . . ?

   — No; yo, no... Yo nunca he creído que moría... Como en mi vida he escapado de la muerte tantas veces, viéndola tan cerca... Una de las veces que me operaron de apeendicitis me dijo el médico que no había operado en su vida un caso tan grave como el mío.. Luego, en mi profesión, he visto la muerte muy de cerca muchas veces... Total: que yo cuando fui a la guerra llevé la convicción de que no esa moría allá...

   — ¿ ... ?

   — Estaba destinado al servicio de unión entre París y el frente... En mi automóvil bacía el servicio que se me mandaba... Yo tenía que cubrir los huecos que hacía, la Muerte entre los oficiales... ¡Dios mío, los oficiales que yo he conducido heridos, agonizantes y muertos!...

   Max se cubrio los ojos con las manos, como para alejarse una visión.

   — ¿ . . . ?

   — Muchas veces me vi en peligro... Habla que pasar bajo el fuego de los alemanes... Mi automóvil se agujerós en muchas ocasíones...; pero, ¡esta visto!, no se muere hasta que se debe morir... Una vez cre mos que era la ultíma; llevaba yo un capitán que debia «a toda costa» incorporarse en las primeras trincheras... Los alemanes, cerca de Soissons, disparaban... «a dar...», y el capitán ordenó: «¡Adelante!». Yo cerré los ojos, porque óía silba las balas tan cerca y se veian cruzar por delante de nosotros... Pues como en las «films»! Un aeroplano nuestro que apareció sobre nosotros atrajo la punteria de todos Ios que iban a tirar sobre el automóvil, y... ¡nos salvamos!...

   — ¿ . . . ?

   — No; yo no he sido herido... Solamente las pulmonia graves que he sufrido... El estado de debilidad... el...

   En aquel momento Max se quitaba le camiseta, y sobre el pecho vi una cicatriz...

   — ¿ Qué es esto?

   Max Linder me miró un instante, y después dijo:

   — Si, en efecto... Esta es una herida grave; pero, como usted ve, ya está curada... Solamente que yo no se lo digo a nadie porque no quiero que mi pobre madre se a entere, porque sufriria mucho...

   — ¿ . . . ?

   — Aprovechando mi convalecencia he querido hacer una excursión por Italia, que yo habia prometido antes de la guerra... El producto que se saque lo destino a la Cruz Roja...

   — ¿ . . . ?

   — De aqui voy a Milán; luego, a Florenzia, Génova, Roma y Nápoles... Alli me embarcare para Marsella...

   — ¿ . . . ?

   — Si; voy embarcado porque quiero hacer una film a bordo...

   — ¿ . . . ?

   — ¿No ve usted que yo tengo en Paris un teatro mio?... Hay que hacer films...

   — ¿ . . . ?

   — En cuanto llegue a Francia lo primero que hago es encerrarme en un sanatorio, „que buena falta me hace“

   — ¿ . . . ?

   — No, ahora no puedo hablar más... Cuando acabe la guerra, y mis palabras so puedan ser indiscretas, contaré algunos servicios que hice muy curiosos... He trabajado en el frente... He trabajado! Y o que siento es no tener salud para seguir alla, al lado de mis compatriotas...

* *

   Al salir, una impresión dolorosa yuxtaponía las imágenes de Max Linder cuando fué a Madrid, vigoroso, lleno de salud, fuerte, pictorico de vida y … el Max Linder de ahora, débil, enfermo, con los ojos brillantes por la fiebre, triste, abatido... victima de la guerra!

   Pero... por Dios!... Lectores... Sed piadosos y ocultad esto que os cuento a su madre! … RAFAEL Turin, junio 1915 (El Heraldo de Madrid, 17.6.1915)