EL CINE

 

Max Linder y su famoso contrato.—Su in-

tervención en la guerra.—Transforma-

ción de su carácter.—Los "cines" espa-

ñoles privados de Max Linder.

 

  Oportunamente nos ocupamos en estas columnas del ventajoso contrato ofrecido a Max Linder por la «Essanay», poderosa Empresa cinematográfica de Chicago. Hallábase a la sazón el artista en Contrexville, convaleciente todavía dé la dolencia que le retiró del frente francés, para atender a su curación. Fué entonces cuando la Essanay le ofreció una fabulosa suma (más de un millón de francos) a cambio de una «tournée» artística por los Estados Unidos de Norte América. El contrato era tentador; pero Max Linder, inflamado en un sentimiento patriótico, despreció la fortuna que le ofrecían y se negó a abandonar las filas del Ejército.

   Sin embargo, los consejos de amigos y admiradores, las reflexiones de sus propios jefes, acabaron por llevar a su ánimo el convencimiento de que Francia estaba más necesitada de recursos fínancieros que de sus servicios personales, y he aquí que nuestro hombre acepta el contrato al mismo tiempo que pone a la disposición de su patria una gran parte de la suma que ha de percibir por su trabajo, para contribuir al triunfo de la causa por que lucha Francia.

   —Quiero—dijo antes de partir—que mis amigos de Norte América sepan que no tengo animosidad hacia nación alguna. Siento en el alma, como todo el mundo en Europa, que se baya declarado esta guerra estupenda. Pero soy francés y amo a mi patria, Aunque Alemania es nuestro enemigo, respeto al alemán que lucha por su país.

   En Max Linder so ha operado una metamorfosis, una transformación radical, y en este cambio de su carácter han debido influir, sin duda, su estancia en los campos de batalla, el poderoso influjo del cuadro trágico que so ha ofrecido a su vista. Max Linder ha podido «impresionarse» más intensamente acaso que muchos do los que como él han tomado parte en la guerra, porque aparte su clara percepción, el artista ha prestado servicio militar en distintas armas. Fué explorador en los Cuerpos aéreo y de automóviles, suministrando sus propias máquinas; sirvió en infantería y más tarde ingresó en el Cuerpo de artillería. Poco después sufrió una herida grave en el hombro izquierdo que le llevó a un hospital de sangre, donde hubo de soportar nada menos que tres operaciones quirúrgicas que pusieron su vida en peligro.

  Ya restablecido, pasó a Italia tres meses después y prestó allí importantes servicios, defendiendo en elocuentes y patrióticos discursos la causa de los aliados, lo que le valió entusiastas felicitaciones del ministro Salandra.

   Max Linder, influido sin duda por la visión trágica de la guerra, tornádose serio en su trato íntimo, tal vez sombrío. Sin embargo, conserva su proverbial vis cómica, su peculiar gracejo, su ingenio y su arte admirables en la confección de los «films».

   El público, pues, seguirá viendo en las películas al Max Linder de siempre, al rey de la gracia. Max Linder ha cambiado de carácter, ha perdido su alegría y su buen humor solamente en su trato íntimo. Max Linder, pues, ha muerto, pero sólo para sus amigos y admiradores.

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   La Essanay, por su parte, ha entablado ya negociaciones para recabar la exclusiva de las películas que impresione el formidable mímico en Francia, Inglaterra, Alemania y Rusia, y está en tratos con S. Hertbertz, representante de una Empresa cinematográfica de Shanghay, que se encuentra actualmente en Chicago, para cederle los derechos en China y el Japón.

   Europa, y España entre sus naciones, se verán privadas, pues, del placer de admirar la delicada labor de Max Linder, por lo menos durante un año que durará el contrato del famoso actor con la Essanay, de Chicago; es decir, que los españoles no podremos contemplar los «films» impresionados por Max Linder basta que so hayan hecho viejos en los escenarios de los Estados Unidos de América.

   Cosa que a Max Linder le tendrá absolutamente sin cuidado, ya que percibe en un solo día mucho más de lo que Joffre, el generalísimo de los ejércitos de la República, cobra en todo un mes.

   ¡Oh, el poder de los dólares!

El detective PASK-URCIO

(El Imparcial, 2.1.1917)