EL CINE

 

MAX Linder en Nueva York. — La travesía

Londres-Nueva York—El buque en que

viaja choca con un mercante.—A punto

de naufragar.— Una película maravi-

llosa.

 

  No ha mucho, dos meses apenas, anunciamos en estas mismas columnas el viaje a Nueva York del gran Max Linder, del sin par actor, del rey de la película, del artista por excelencia.

   Embarcó en Londres en los últimos días de octubre a bordo del «Espagne», ventajosamente contratado para Chicago, y desembarcó el mes última en Nueva York con un voluminoso equipaje: 46 baúles atestados de prendas, ni uno menos.

   El desembarco del eminente artista, que se venía anunciando en la metrópoli a bombo y platillos desde algunos meses antes, constituyó un acontecimiento más importante acaso que la elección de presidente de los Estados Unidos, el último invento de Edison o la paz europea. La presencia de Max Linder en la capital neoyorquina, produjo en el público yanqui verdadera sensación. Los millares de curiosos que habían acudido al muelle a presenciar el atraco del «Espagne» y el desembarco de Max Linder contemplaran con asombro, con estupefacción, con infantil curiosidad la elegante figura del famoso peliculero, quien respondia con amables sonrisas a las solícitas miradas de los norteamericanos.

   El viaje no fué completamente feliz. Max Linder con sus compañeros de a bordó estivo a punto de hacer una excursión á las profundidades del mar, y la Émpresa Essanay corrió el riesgo de no poder cumplir sus compromisos con el público de Chicago.

   Venturosamente, el «Espagne» no tuvo durante la travesía los temidos encuentros con los submarinos alemanes ni fué sorprendido por ningún buque de guerra del que tuviera que huir pero fué víctima de un accidente grave que le puso a dos dedos del naufragio. El «Espagne» chocó a media noche con un buque mercante desconocido, y ambos estuvieron a punto de desaparecer bajo las encrespadas olas.

   En efecto; el buque fondeó en el puerto de Nueva Vork con un enorme boquete en el cascó y otras importantes averias. La huella del topetazo llvábala marcada el «Espagne» en la banda de babor en una extensión de 30 metros.

   Los pasajeros, y entre ellos Max Linder, subieron a cubierta, obedeciendo las órdenes del capitán, provistos de los salvavidas, mientras se despedian entre gritos, abrazos y lágrimas de sus parientes, de sus riquezas, de cuanto en vida les fué grato. Max Linder, luciendo un vistoso pijama de seda rosa, que era la admiración de las señoras, llevando a la cintura el salvavidas, era acaso el más atribulado. Gesticulando nerviosamente, dibujando en el espacio furiosos y descoyuntados saltos de carnero, accionando como un calamar, cruzando la cubierta, bajando a los camarotes, subiendo al puente en desenfrenada cartera, mordiéndose, en fin, el occipucio en el paroxismo de su desesperación, no era en hombre normal; era más bien un vesánico, un desventurado poseído del demonio. Max Linder parecía haber perdido la razón. En medio de aquel desconcierto, de aquel desorden inmenso, de aquella Babel en que nadie se entendía, la actitud de Max Linder consiguió atraerse la atención de los pasajeros, que cesaron súbitamente en sus dolorosas manifestaciones para contemplar el admirable espectáculo que ofrecía el famoso peliculero francés.

  Por fin, las tranquilizadoras manifestaciones del capitán y de los oficiales restablecieron la calma a bordo. El peligro había desaparecido.

   Entonces Max Linder, lanzando al espacio una estrepitosa carcajada, dijo al admirado pasaje:—Señores, mil gracias a todos por el valioso concurso que han prestado a esta maravillosa película que acabamos de hacer. Ved allí, en el fondo de la cabina de popa, el operador que acaba de impresionar el cuadro espantoso que precede al hundimiento de un buque.

   Las últimas palabras del mundial artista produjeron en el pasaje verdadera estupefacción. Unos se indignan, creyendo una superchería toda la escena provocada a bordo ante el peligro del naufragio; otros protestan ante los oficiales; los más piden el castigo del causante, y todos, en fin, desoyendo las explicaciones del capitán, que se esfuerza en desvanecer el error, mostrando el boquete que presenta el buque en una de sus bandas, se arrojan sobre Max Linder, que corre por la cubierta y desciende a los camarotes y las bodegas, perseguido por la multitud que quiere lincharle.

   Pero, al fin, reaccionan los pasajeros, aceptan las explicaciones del capitán y se convencen, a la vista de les marineros que recomponen la averia, del enorme peligro que les acechaba.

   Max Linder, entonces, surge de su escondite y dice a todos, amable, sonríente, con gesto mefistofélico:

   —-Repito las gracias, señores. Mi gratitud eterna para todos. Esta carrera en pelo que acabáis dé darme era el desenlace, el final, el remate de la maravillosa película que acabamos de impresionar, y cuyas primicias reservo a la gran urbe do Chicago.

El detective PASK-URCIO

(El Imparcial, 31.12.1916)