DE LA GUERRA

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Murió Max Linder

 

   Frecuentemente, leyendo los relatos que la prensa publica, tropezamos en medio de la aparición de episodios tan repetidos ya que comienzan à sernos indiferentes, con un nombre, extrañamente ligado á ellos, que suscita en nosotros todo un orden de ideas filosóficas. Una vez es la noticia de que Enrique Sienkiewitz es prisionero de los austriacos; otra, la afirmación de que Maximo Gorki se ha alistado en el Ejército y se bate en Galitzia; otra, hallamos algún apellido célebre entre las listas de muertos...

   ¿Qué gigantesco horror es este-pensamos-que supera á todo el horror imaginado? ¿Es, ques, verdad que los hombres han perdido todo instinto de piedad? ¿Es que ni aún los cerebros privilegiados se sustraen á la borrachera de odio en que se tambaleo el mundo?... ¿En qué altar se alza eso-dios brutal y sanguinario que pide en sacrificio hasta á los que son orgullo de la raza humana?

   Puede ser que haya por ahí adelante quién encuentre muy bien que Máximo Gorki, hirviente en cólera haya cogido un fusil para matar hombres. En nosotros, sin embargo, se ha producido un sentimiento distinto. Nosotros hemos advertido crecer es nuestra alma el amor á los hombres leyendo algunas de las novelas del célebre escritor. Hemos sentido odio, también, pero odio contra el convencionalismo, contra la injusticia, contra falsas ideas, contra la abstracto. Gorki tenía para nosotros, en cierta manera, algo de la aureola de Tolstoi: era un apóstol menos resignado. Ahora, al imaginarlo pateando entre sangre humana, enfilando con su fusil un corazón, todas nuestras admiraciones caen, tristemente rotas.

   Otra noticia afirma que Max Linder, el famosísimo actor de cine, murió bajo las balas germanas. ¡Pobre Max!... Cuando, desde la grata penumbra, veíamos sus contorsíones y sus gestos, su gracia original y espontánea, no podiamos suponer que el destino le reservaba una tan estéril caída. ¡Oh!... ¡Max Linder. soldado!... Dicho asi, se ve al notable mimo con un ancho uniforme y el kepis calado hasta las orejas corriendo alguna aventura ridicula con una damisela del boulevard. ¡Max, soldado! … ¡Max siendo actor de una gran tragedia, de una horrible tragedia!... ¡Qué inconsecuencia del destino!... El hombrecillo habrá recibido la bala enemiga, habrá hecho una pirueta habrá abierto mucho los grandes ojos inteligentes... Después, su cuerpo menudo, moreno, esmirriado, quedaría definitivamente inmóvil. Se acabó al rey de los mimos de cinematógrafo.

   Y pensais: ¿por qué ese sacrificio absurdo? ¿por que consumir en una acción brutal algo que tiene aplicación más meritoria en otros órdenes de la vida? ¿No ha hecho más bien Linder á la humanidad llenándola de una alegría algo pueril, con sus cabriolas y sus gracias, que en esa su breve y mortal, odisea por los campos de batalla? … ¿Se á Máximo Gorki lo mata un casco de metralla, en esa ciega igualdad de la guerre no ha perdido el mundo mucho más que si la bandera alemana ondea en la punta de un palo donde antes ondeaba la ruse?... Dentro de un concepto de utilidad del que la humanidad no puede apartarse sin correr al suicidio, la vida de esos hombres es preciosa y desquiciarlos de su campo de producción, una gran crueldad.

   Todos lo pensa unos, y todos nos callamos, sin embargo. Por una gran cobardia, por una formidable cobardia, transigimos con absurdas imposiciónes. Por no hacer mártires de una causa justa — la causa de la paz y del amor humano—caen á millares de millares los mártires de esa plaga odiosa, abominable, que se llama la guerra.

   Cuando el espectro de Max aparezca ante nosotros, en la sombra de cine, con sus chaqueta elegantes y su cara movible, pensaremos irremediablemente en ese gigantesco absurdo de la guerra, en ese afán de llevar carne al cañón. ¡Carne, carne, más carne... todo es carna; no hay cerebros ni espíritus..; no se quiere ver otra cosa que brazos que sostengan un fusil y pechos que formen una barrera! …

   Madrid, 1.° Octubre.

W.   

(El Noroeste, 4.10.1914)