REPORTAJES ESPECIALES

 

DEL CINE Y DE LA VIDA

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LA ÚLTIMA PELÍCULA DE MAX LINDER

 

   A Max Linder no hemos podido olvidarlo. Fué un gran cómico de la pantalla; de su arte y su persona irradiaba una simpatía irresistible. Cuando lo que llamábamos película de risa había agotado sus trucos y recursos este fugitivo del teatro iniciaba una evolución que abría en el cine a lo cómico horizontes hasta entonces inexplorados. Ya no se producía la hilaridad por la carrera loca de un automóvil seguido de una mujer estrafalaria—un hombre disfrazado—que dejaba la peluca en manos de un gendarme: ni por el atropello sistemático de personas y cosas en una accidentada huida. De todo esto puede haber en los films de Max Linder, pero condicionado a una acción bufa de la que él, como ahora Harold Lloyd—tan inferior en recursos personales de comicidad—era protagonista. En contraste con la fisonomía impasible de Harol la máscara de Max era de una movilidad, de una facilidad gesticuladora insuperables. Ningún actor de cine ha logrado hacer reir tanto, aparte el genial Charlot, con la múltiple gama de sus gestos. Su porte de elegancia netamente francesa, su chaquet impecable, su distinción innata de maneras parecían incompatibles con tan franca comicidad. Mientras Charlot, que es lo genial, lo aparte, encontró en su lamentable indumentaria y su deliciosa idiotez una fuente inagotable de contrastes, Max Linder buscó estos a la inversa: en su atildamiento y su finura a través de las peripecias jocosas de lo cotidiano. Fué unas veces el tenorio inocente; otras el novio tímido; en ocasiones el marido dominado por la esposa de mal carácter; otras veces el muchacho ingenuo y guapo perseguido por las más absurdas mujeres. En la filmación de estos asuntos, casi siempre pueriles, su labor mantenía la hilaridad del público con los incontables recursos de su gracia fotogénica. Frecuentemente asomaba el humorista y el fino observador.

   En Charlot, del que tanto se ha escrito, particularmente en Francia, sobre lo que el público vulgar percibe, existe un sentido dramático de la vida. Aquel pobre hombre tan fuera de la realidad, tan ciego y obcecado, en sus andanzas por el mundo es siempre un desgraciado incapaz de adaptación precisamente por su incomprensión de las personas y las cosas. Inconsciencia y subconsciencia, producen en sus reacciones y acciones las más divertidas aventuras. Pero esta risa en todo espectador inteligente tiene una repercución de piedad y de la más humana simpatía. Piensa uno que algún día todas aquellas aventuras disparatadas han de terminar en la más desoladora de las desdichas: que Charlot el inocente, el pobre, el ingenuo abra los ojos a la realidad y se nos eche a llorar desesperadamente... Como las películas americanas son siempre una lección de optimismo lo vemos acabar bien en los trozos de la muchacha amada, o liberarse de tal o cual persecución policiaca. Está por hacer ese film tragicómico que defraudaría a la masa estúpida del público incapaz de sentir ni comprender más que lo superficial y externo de los hombres y de las cosas. Ya "La quimera del oro", lo mejor de Charlot, sín dejar de complacer a ese público supone el barrunto del drama entre sus incidencias de irresistible comicidad.

   El arte de Max Linder no tuvo nada de genial como el de Charlot pero si mucho de talento no exento de inspiración. Lo veíamos interiormente muy francés, imbuido de amable escepticismo, propicio a tomar la vida abroma, a quitar importancia a sus complicaciones y miserias. Era alegre por dentro y por fuera. La hilaridad que provocaba no dejaba ni escozor ni amargura ni invitaba a la meditación. Ocurría con él lo mismo que con Víctor Boucher, actor de comedías personalísimo; verlos en sus interpretaciones es aligerarse un poco de toda cadena moral o social. Nos invitan a sonreír, a dejarse llevar blandamente, suavemente por el azar venturoso o desgraciado procurando extraer de la vida todo el jugo posible de felicidad. Sección de optimismo y de equilibrio que solo aprovechan los espíritus superficiales.

   Sín embargo, el Max Linder charmant cuando tras de una enfermedad grave sentíase en el ocaso de su carrera artística tuvo la desgracia de enamorarse. El hombre frivolo adorado de tantas mujeres, puso sus ojos en una chiquilla tan bonita como loca. Y se casó con ella. Lo que no podía sospecharse; en aquel hombre ligero y despreocupado había un sentimental. El pasaba de los treinta y cinco años; ella no tenía más que dieciseis. Muy pronto, son sus palabras, "en aquel ángel descubrió un monstruo". Está probado que su tragedia no era producida por la morbosidad de los celos sino por las traiciones de su joven esposa. Lo que está por dilucidar es el por qué del doble suicidio. No se comprende que la ingrata compartiese la desesperación de su marido hasta avenirse a abandonar el mundo, este mundo que ella amaba bastante más que a su compañero, a quien es de suponer que el amor transtornó el juicio. Un caso de locura contagiosa y un drama de amor y de celos digno de la pluma de Dosteoiewski. Es posible que ella a su modo también lo quisiera. Hay tantas contradicciones en el amor como en cualquier otro sentimiento, acaso más que en ninguno. El hecho es que intentaron suicidarse en Suiza y que más tarde realizaron su, propósito en un hotel de Paris. Con todas sus infidelidades y sus locuras también ella nos mueve a compasión. Al ser arrastrada así, a tan desdichado desenlace, en plena eclosión de juventud, hay que suponer que no era indiferente al dolor de su marido o qué, de tirana, vino a parar en esclava hasta aceptar la muerte no se sabe si por terror o por contagio alucinador. Aparentemente el suicidio fué madurado y consumado de común acuerdo.

 

   Del matrimonio había nacido una niña, la pequeña Maud. ¡A qué extremo de extravío conduce la pasión! En su testamento Max Linder expuso cómo deseaba que educasen a su hijita. El padre más cristiano, más probo y hasta si se quiere más burgués no hubiese estampado una guía de educación moral y social mejor inspirada. Confia la niña a su madre y le encarga que la defienda de todo peligro por que desea que su hija sea un modelo de mujer cristiana, dechado de honda y pureza. "Que no aprenda a bailar por que el baile es la perdición de la mujer moderna". Y, sin embargo, este hombre que se revela como padre amantísimo sucumbe ante otro sentimiento y abandona a esta hija no viendo en su obcecación otro camino que el de la huida.

   Max Linder dejó una buena fortuna. Su suegra, madame Pefers, se había hecho cargo de la criatura en virtud del testamento de su madre. Pero ahora el hermano y la madre de Max fundándose en su testamento, que nombraba tutor a aquel y confiaba a aquella su educación, reclaman que se les entregue la niña de acuerdo con estas disposiciones. Llevado el asunto a los tribunales dos abogados igualmente célebres en el foro y en la política, Paul Boncour y Millerand han defendido una y otra parte ante la espectación de las gentes ávidas de sensacionalismo y curiosas de ver descorrerse el velo de misterio que envolvió el doble suicidio. El interesante proceso no ha hecho sino aumentar las pruebas de la infidelidad de la mujer y de la desesperación del esposo extrañamente unidos y desunidos a la vez, ella en perpetuo pecado y en perpetuo terror, éí incapaz de abandonarla a pesar de su desprecio y su odio sinónimos en este caso de un amor más fuerte que la muerte. Tal ha sido la última película de Max Linder el simpático, el gracioso, el frivolo protagonista de tantos films deliciosamente cómicos. Ignoro a quien han confiado la criatura los tribunales franceses y si será educada por la familia Peters, lo que, dado su criterio de libertad, significará una educación más pedestre.

   Tampoco Charlot ha sido muy afortunado en sus aventuras matrimoniales. Estas calamidades íntimas parecen inseparables de todos los hombres que destinados a divertir al público. El ridi pagliacci y toda la literatura sentimental y cursi en torno a Píerrot no están desprovistos de fundamento. Hay algo muy triste, muy lamentable en el fondo de estos príncipes de la risa que no revelaba Max Linder, todo optimismo, todo superficialidad, todo alegría sana y abierta. Como el artista de la pantalla suele dar a través de la fotografía—que apesar de lo que se dice es un falso espejo—una impresión diferente a la de su persona real, yo tengo otra visión del gran cómico que destruía en parte la del cine. Le vi "en carne y hueso", como anunciaban los carteles, recien salido de grave enfermedad interpretando un film hablado o, mejor dicho, un vodevil sin pies ni cabeza. Por de pronto la voz era escasa y tímida, de timbre ingrato, y su arte de la escena una prueba definitiva de que se puede ser un actor extraordinario de la pantalla a la vez que un comediante detestable. No tenía la menor gracia. En la película se crecía incluso físicamente: aquel muchacho esbelto gallardo, con aires de conquistador de bulevar, era allí, en el teatro, un hombrecillo no digo ridículo pero si insignificante y vulgar. Y este pobre hombre pudo ser el marido desgraciado tan digno de compasión y respeto.

   En punto a desengaños fotogénicos ninguno tan curioso como el que produce Franceses Bertini. Una tarde en Capri vi una señorita asombrosamente cursi, baja y con una cabeza excesivamente grande: era la ideal Bertini. Los que la han admirado en tantas películas románticas se resistirán a creerlo. Baja y todo la Bertini tiene un cuerpo bello y flexible y una cara de graciosas facciones en la que se destacan dos ojos espléndidos. Pero es menuda y desapercibida en la vida corriente y moliente. Los trucos del cine hacen milagros. Así, en las escenas de amor la Bertini gustaba de tenderse o arrastrarse en una otomana entre pieles de tigre y almohadones orientales o aparecer cortada en la fotografía de modo que no se vieran sus pies sobre un alto taburete. Otro de los recursos era aparecer sola en un salón, muy erguida, sin que surgiera otro personaje hasta que ella se acomodaba de modo que no hubiera término de comparación con ningún ser humano. La finura de su silueta, pese a su cabeza excesiva, la hacía parecer de una estatura admirable. En cuanto a su indumentaria hay que tener en cuenta que la fotografía escamotea el color, que es donde más se revela el gusto personal de vestir, y que la toilette exagerada convenía casi siempre a los tipos que hacía. Los consejos del director artístico pueden también ser un freno al mal gusto espontáneo de la artista.

   Pero todo esto no quita para que los artistas del cine—ellos y ellas—sigan inspirando escendidas pasiones a través de sus interpretaciones fotogénicas. Entre todos el caso de Valentino, asediado y martirizado por su suerte, hace pensar que no tiene nada de envidiable una gloria que tanto encandena la vida privada del artista. La envidia, los intereses de las empresas, el despecho de las mujeres desdeñadas, la codicia d tanto explotador como surge en torno del artista triunfante, han de dar al traste con todo hombre que no posea una resistencia física y moral de acero. El buen burgués debe despojarse de ese íntimo rencor mezclado de admiración que guarda para los artistas extraordinarios. El buen burgués debe tener en cuenta que su tranquilidad es casi siempre preferible al éxito fabuloso de los privilegiados de la suerte. Y que, al fin y al cabo, estos lo mismo son víctimas de una mujer estúpida y bonita que de un cólico miserere. Pero el buen burgués se empeña en no ver sino la apariencia de estas vidas y un más allá de francachela y amoralidad, exento de corazón y de conciencia. El buen burgués se equivoca; su pecado es este: no comprender la vida sino como un mecanismo rígido, monótono y previsto con arreglo a sus perjuicios y a su incurable estrechez espiritual. ARTURO GAZUL (Correo extremeño, 2.12.1927)