SILUETAS DE ARTISTAS

CINEMATOGRÁFICOS

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LA POPULARIDAD

DE MAX LINDER

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    A Max Linder se le quiera aquí en París, se le admira desde, aquellos años ya lejanos en que nadie le disputaba la posesión del trono cinematográfico. Es casi una gloria nacional, y cuando por el bosque o por los bulevares se ve a Millerand o a Herriot, no recogen éstos más miradas que recoge Max Linder.

   Max Linder es siempre el mismo. Diríase que los años no pasan por él, qué se detienen, temerosos de una burla o de una frase irónica, sin rozar al cómico personalísimo. Exactamente igual es ahora que cuando nos hacía destor nillar de risa, en los albores del cinematógrafo, con aquellas chistosas comedias de Pathé, que deberían conservarse como recuerdo de una época. Los mismos pantalones de fantasía, el mismo chaquet de última moda, idénticos zapatos de charol, semejante fieltro o bombín o sombrero de copa, según las circunstancias.

   Las «midinettes» los jóvenes todos de la nueva generación le quieren corno los de la generación pasada Y es que Max ha poseído el secreto de renovarse, de ser siempre interesante, sin presentársenos nunca «demodée».

   Max, sin embargo. Francés, muy francés, y sobre todo, parisién, muy parisién, no quiere salir de Francia. No sabemos qué motivo de queja tiene el gran cómico de los americanos, pero el caso es que no se decide a cruzar el gran charco, a pesar de que llueven sobre él proporciones ventajosas de manufacturas del otro lado del Atlántico.

   Recientemente, la importante entidad americana Universal Film le ofreció un puesto en sus elencos con todos los honores. Y Max Linder no aceptó, alegando que el suelo ofrecido era pequeño y que no le gustaban los procedimientos yanquis en el modo de hacer películas. Y se quedó en Francia, resuelto a no salir de su tierra.

   Mientras tanto, sus creaciones siguen aplaudiéndose, aquí. Son en su mayoría películas va viejas, ya rayadas, que sin embargo se miran con interés por ser Max el protagonista. Es un efecto de la popularidad que disfruta en París el mimo extraordinario.

   Cuando se presentó en los cines parisienses la película «Domador por amor», que el artista hizo en Viena, los locales que la exhibieron hicieron su agosto explotando la popularidad de Max y haciendo resaltar el hecho de que se trataba de su obra maestra. En efecto, nosotros creemos que «Domador por amor» es su creación más lograda. Nos gusto extraordinariamente «Petit Café», pero en «Domador por amor» Max se nos muestra más artista, más seguro de su papel .

   En estas condiciónes, era extraño que ningua casa de edición francesa se decidiese a hacer varias películas con Max Linder en el primer papel. ¿Qué causas lo impedían? Sin pecar de adivinos, creemos no equivocarnos al pensar que el impedimento estaba en las pretensiones exageradas del artista.

   Ahora, en los circulos cinematográficos de París se rumorea con insistencia de ciertos propósitos de Max Linder de hacer en Francia, con directores y artistas franceses, una gran película con categoría de extraordinaria. Se sabe que Max ha elegido argumento y lo ha hecho revisar por cincuenta técnicos, para que lo arreglasen o corrigiesen a su antojo. Se sabe que, dentro de unos días, el actor francés dará un banquete al que asistirán esos cincuenta técnicos, sin duda para ponerse de acuerdo en cuestiones de detalles. Lo unico que se ignora es la casa que hará la película y si los capitales que en ella se empleen serán franceses o extranjeros.

   Sobre este particular, una densa nube oculta los planes del mimo genial. Esperemos. Estas ocultaciones no suelen ser, por lo general, más que recursos de propagranda, para despertar la curiosidad del público. Y Max no ha despreciado nunca la propaganda. La ha empleado tanto, por lo menos, como sus amigos de allende el Atlántico. M. Donadien. (La Unión Ilustrada, 14.12.1924)